Sandra Becerril, fotografía y literatura.

  

   Sombras sin dueño


Este viaje comenzó con tu despertar, amada Carmesí (apodo que tu padrote te impuso por esta noche). Te sentí a mi lado, tierna, dulce, cariñosa, como una flor que se abre por primera vez hacia el sol. Levantaste tu peluca del suelo y te fuiste arrastrando, dejaste un rastro de baba sobre el frío mosaico. Sentí algo frío junto a mi, revolví las sábanas y hallé tus piernas postizas: ¡Hey! Grité ¡Se te olvidaron!. Creo que no me escuchaste.

Me senté en el catre y miré el techo. Goteras. No sé como llegué hasta este lugar, no recuerdo nada. Tampoco me interesa saber. No tiene caso. La cuestión es que busqué mi traje y no lo hallé por ningún lado. Tan sólo una manta sucia, vieja y con olor a orines con la que cubrí mi cuerpo desnudo. Mis zapatos tampoco estaban. Salí del cuarto y me encaré con un enorme e interminable pasillo con cientos de puertas a los costados. Caminé un buen trecho hasta encontrar una ventana enmohecida con barrotes que poseían espinas de rosas marchitas. Aún me hacían sangrar. Me gustaron las nubes violetas que divisé, indicaban un crepúsculo más cercano que tus nocturnas y flácidas carnes imaginarias surgidas de tu cuerpo real. Más allá, había un jardín con árboles tan frondosos que cerraban la vista. Es el prostíbulo dónde habitan las hadas vedadas para nosotros los pobres alcohólicos. Están reservadas para los dandis con dinero.

Continué mi andar. Llegué hasta una puerta abierta (después de contar más de 397). Una serie de intelectuales marchitos conversaban dentro, sentados en unas cómodas sillas tapizadas con pieles de las mujeres viejas que ya no les servían de nada. Me invitaron a sentarme junto a ellos mientras me asfixiaban con su olor a puro corriente. El humo se elevó hasta el alto techo, para luego dejarse caer vertiginosamente sobre mi. Se burlaba y luego salía por el hueco en la pared que representaba una ventana. Hablaron de sus publicaciones. Uno con bigote desaliñado, con aire de que en algún tiempo fue un escritor respetable, comentaba de su más reciente creación: “El embalsamador de almas” (Madrid, 2013). Otro con sombrero tipo bombín sin la tapa superior y con el traje en llamas se burló diciendo que el libro de su compañero no se vendió, que en realidad siempre estuvo guardado en las bodegas de la editorial. Al otro no le agradó, se levantó, apagó su puro en el ojo del contrincante, quién aulló un poco para luego desplomarse sobre la tierra, le quitó el ridículo sombrero y haciendo una dramática reverencia, salió por una puerta que yo no había visto antes. Los demás continuaron su discusión acerca de sus creaciones, de las editoriales, de los libros antiguos, de los malos y exitosos escritores y de los buenos y olvidados. Me aburrí. Yo no soy escritor ni tengo nada que ver con el arte, yo soy… ¿Qué soy? ¡Dios, lo olvidé! Aunque en este castillo lo que seas carece de importancia. De repente, una música gregoriana inundó el salón mezclándose con los apestosos olores que arrojaban cada esquina y los mismos cuerpos de los “artistas”. Me dio curiosidad. Salí de aquella habitación por dónde huyó el ladrón de bombines. Me incorporé de un salto, tratando de no pisar la sangre que escurría del cadáver y con educación, toqué la puerta de madera varias veces con los nudillos. Nadie respondió, por lo que me vi obligado a empujarla. Caí de bruces sobre una sustancia pegajosa y maloliente. No había luz dentro, anduve apoyándome en las frías paredes de roca. Los muros desnudos estaban glaciales y húmedos. Las manos me sudaron a pesar del intenso aire que se colaba por algún escape del castillo.

Los nervios me carcomían por dentro, al grado de tener ganas de gritar, de vomitar, de huir, pero… huir ¿a dónde? Si yo mismo no tenía razón de mi lugar. Mis ojos estaban sumidos en las tinieblas, no podía ver nada en absoluto. Lo único que escuché fue mi respiración, mis propios pasos y unos más adelante, huecos, sin sentido, que se fugaban y yo con ellos. Sentí por un momento, que eran mi salvación sin embargo entre más avancé y las voces de los intelectuales más lejos, me sentí más solo, desesperado y prisionero. No sé de qué o de quién, pero era un rehén condenado y lo único que podía pensar era que terminaría como aquellos pseudo-escritores con ropas desgarradas, cigarros apagados y hundidos en sus propios mundos de fantasía. Poco a poco, el aire comenzó a faltar dentro de mis pulmones. Por más que inhalé, tan sólo sentí que una atmósfera envenenada me mataba con tal lentitud, que la construcción lo disfrutó. Así es, pude sentir como caminé en sus entrañas y el edificio vivía. Me sentí un parásito. Tal vez eso era lo que en realidad era y por eso lo olvidé. Por vergüenza de ser un inservible parásito.

Ví, al fin, un poco de luz. Viré a la derecha en lo que simulaba un laberinto. Después unas sombras caminaron delante de mi. Sombras sin dueño. Tropecé con algo, me herí las rodillas y las manos, la sucia manta que cubría mi tembloroso cuerpo, cayó al lodo. Era un cadáver. El mismo que salió de la sala, el asesino fue asesinado por una mano extraña. Le quité los pantalones negros y me vestí con ellos. La camisa blanca me dio asco por estar llena de sangre azabache y decidí dejársela puesta. Ya un poco más cubierto, tomé de nuevo mi cobija, la anudé como capa sobre mis hombros y salí a la luz.

Los innumerables destellos que las miles de luciérnagas posaron sobre mis ojos, provocaron que cayera una vez más. La diferencia es que no caí en el lodo, sino en pasto húmedo, fresco y con fragancia a gardenias. En un instante, las luciérnagas se desvanecieron dando paso al rostro más hermoso que halla visto jamás. Era una elfa. Rubia, blanca, con ojos marinos, cuerpo delgado y graciosa. No sonrió, mas me miraba con curiosidad. No me fijé hasta después, que detrás de ella había decenas de su especie. Levantaron mi cuerpo como en un sueño y me transportaron a la ventana que vi antes. Desde afuera, todo se veía diferente. Viendo a través de los ojos de ella, observé la majestuosidad que el castillo tuvo en otros tiempos. Ví sirvientes por los pasillos decorados con tapices. Observé príncipes, reyes, cortesanos, fiestas, banquetes, música y felicidad de un reino olvidado. Cuando me soltaron y caí estrepitosamente, la visión se esfumó dando paso al terror absoluto que rompía la armonía de tal fortaleza. Se rieron de mi, mucho, tanto que me molesté. La voz sepulcral de un hombre hizo que se alejaran de prisa escondiéndose en los árboles. ¿Cómo llegaste hasta acá? -no supe contestar- Este no es tu lugar ¿tienes dinero? -Era obvia la respuesta- Si no tienes dinero -azotó el látigo que traía en la garra derecha- no puedes acostarte con ellas ¿comprendes? Claro que si me das una de tus piernas o de tus brazos -relinchó como búfalo- te podría dar por una noche una duende -Vi sus piernas de cabra- No es lo mismo que con las elfas pero tienen muchos dones ¿comprendes?
 

Me desmayé.

Hoy temprano, desperté a tu lado, Carmesí, pero no logro levantarme. No te burles de mi. Ahora que mis piernas faltan, no tengo nada más que ofrecer ¿o sí?
 

       
Sandra Becerril Robledo
  

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